lunes, agosto 18, 2014

Premoniciones

Hola a todos

Hace aproximadamente dos años, participé en un juego de relatos eróticos y hoy me he encontrado con el relato, como lo tenía en otro blog, creí oportuno compartirlo con ustedes nuevamente y aquí se los dejo.
La temática consistía en desarrollar una historia a partir de un comienzo previamente establecido, el cual dejo resaltado para que se note donde comienza el relato.
De una vez les digo que es un poco largoasí que espero no les sea tedioso.


Advertencia: En este relato encontraarás contenido sexual, si no eres mayor de edad deja de leer o lee bajo tu propia responsabilidad.



… PREMONICIONES…

Como cada jornada, sobre las nueve, Ámber regresaba a casa. Utilizaba la línea de metro número 3, cuya duración era de veinticinco minutos y que siempre pasaba por la estación a las nueve y diecisiete. Eso le daba tiempo a comprarse algo de comer en la tienda de la esquina, normalmente un croissant, que mordisqueaba con calma mientras paseaba hacia el andén. Aquella noche llevaba un libro bajo el brazo, una nueva lectura que empezaría en cuanto se diese una ducha, se pusiera el pijama y se metiera en la cama. Pensando en si estaría demasiado cansada para leer diez páginas o un capítulo entero, subió al metro, que siempre estaba lleno a esas horas, y buscó un lugar dónde sentarse; casi nunca había un asiento libre, pero no perdía nada por comprobarlo.
De pronto, le vio entre la gente. Se sobresaltó cuando sus miradas se encontraron y bajó la vista al suelo. Él estaba allí, como cada noche, en el vagón de metro de las nueve y diecisiete de la línea número 3...”

Parecía que le esperaba con esa cálida sonrisa que siempre le regalaba, ella estaba fascinada por esos ojos claros y anhelaba el sabor de aquellos labios carnosos.
Llevaba ya más de tres meses que había notado su presencia en el vagón del metro y desde aquel día ninguno de los dos había faltado una sola vez a su cita.
¿Me deja pasar? —le dijo un hombre bonachón que bajó en la siguiente estación.
Claro —dijo haciéndole paso.
A pesar de la gente que a esa hora siempre llenaba el vagón, podía apreciar los rasgos varoniles que marcaban su rostro. Los hombros anchos que delineaban la bien torneada espalda, los brazos fuertes que desembocaban en esas manos rudas y toscas, que resultan inexplicablemente atractivas. Él, en toda su composición le resultaba inevitablemente atractivo. Ese hombre había despertado en ella un deseo que se había convertido en un pensamiento constante que llenaba sus noches de insomnio.
Guardaba celosa una fantasía que había tenido desde el primer día que lo vio. Lo imaginaba siempre a medio vestir con la cabeza echada hacia atrás y la camisa abierta dejando al descubierto su piel bronceada, descubriendo sus deliciosas formas. Su torso varonil que incitaba a ser tocado. A ser torturado. Que invitaba a ser llevado al éxtasis. Porque como todos saben: no hay nada más seductor que la imaginación perversa de una mujer.
Finalmente y para su sorpresa un asiento junto a ella se desocupó y se apresuró a sentarse pues los pies la estaban matando. Como toda mujer, estaba llena de vanidades. Adoraba los zapatos altos que la hacían lucir sexy y elegante, pero pasar ocho horas al día de un lado para otro y encima fingir que sentía los pies tan ligeros como una pluma ya le estaban pasando factura y necesitaba desesperadamente descansar.

Por un momento pensó que era una buena oportunidad para comenzar su libro pero cuando se disponía abrir la tapa, el sueño se apoderó de su cabeza y eligió mejor acomodarse y dejarse llevar por el sopor que ya la estaba invadiendo, al fin y al cabo aún faltaba mucho camino por recorrer.
Unos brazos extraños la sacudieron levente y sus ojos encontraron con aquella mirada intensa que la hipnotizaba.
Supongo que también bajas en esta estación —su voz le pareció seductoramente varonil.
La terminal. No puede ser. Me quedé dormida —se llevó una mano a la frente y cubrió su cara —ahora tendré que volver en taxi.
En ese caso déjame acompañarte. Es mi culpa que te hayas pasado de tu parada —sonrió.
¿Tu culpa? ¿Por qué lo sería? —preguntó extrañada.
Verás: planeaba despertarte en tu parada, pero encontré un asiento libre y al final me quedé dormido también.
¡Ah! Ya veo. Pues en ese caso, muchas gracias —le regaló la más sincera de sus sonrisas.
Ambos bajaron del vagón y se encaminaron a la salida. Ella estaba nerviosa. Jamás imaginó que sus encuentros fugaces llegarán a más y ahora que estaba hablando con él tal vez podría obtener su número de celular. Él la miraba fijamente y sin disimulo mientras que en su rostro se reflejaba la idea que comenzaba a maquinarse en su cabeza.
Cuando llegaban a la salida un ruido conocido llegó a sus oídos. El aire frío que se coló, les anunció la tormenta que caía fuera con gran fuerza.
¡Dios Santo! ¡Pero si está cayendo el Cielo!
Y ni un solo coche en la calle.
¿Qué vamos a hacer? No podemos andar en la calle con este clima y a estas horas —ella lo miró con ojos expectantes.
Conozco un lugar cerca ¡Ven! —dijo como si su mirada le hubiera dado el valor de llevar a cabo la idea que su mente llevaba ya varios minutos desarrollando.
Sin pedir permiso la tomó de la mano y la hizo correr por toda la calle. Doblaron la esquina y entraron a un amplio aunque modesto salón. Era el recibidor de un sencillo hotel que a simple vista no era la gran cosa. Él camino hasta el aparador donde se encontraba el encargado de la recepción: un hombre pequeño ya entrado en años y un poco clavo, pero muy amable.
Buenas noches. Una habitación para dos por favor —dijo sin dudar. Ella arqueó una ceja y lo miró sorprendida. La había llevado a “ese lugar” sin consultarle y encima planeaba pasar la noche con ella. Aunque pensándolo bien, no estaba tan mal.
En seguida. Por favor regístrese aquí —dijo mientras le extendía el enorme cuaderno de registro. No le llevó más de unos minutos garabatear un par de nombres falsos y volver a dejar la pluma en su sitio.
Aquí esta su llave. Ya que vienen empapados un baño con agua caliente les haría muy bien, parece que necesitan calentarse. Que pasen una linda noche.
«¿Calentarse? » De eso se encargaría él precisamente. De asegurarse que ambos pasaran una noche lo suficientemente cálida.
Caminaron aún tomados de la mano hasta el elevador que los llevaría hasta su habitación en el cuarto piso. Pero en Ámber comenzaba a surgir el deseo de poseer el cuerpo con el que tantas noches había soñado. En cuanto las puertas del ascensor se cerraron detrás suyo le regaló una tanda de besos apasionados que terminaron de embriagarlo en la pasión que desde hacía ya un rato había despertado en su cuerpo.

Lo empujó contra el frió metal y sus manos comenzaron a vagar entre su espalda. Sintió sus pechos atrapados entre las rudas manos de su acompañante y dejó escapar un dulce gemido. Comenzó a estorbarle la ropa, de un solo movimiento abrió la camisa descubriendo su pecho firme esperando a ser tocado. Mejor de lo que muchas veces ella misma había imaginado. Él no se quedó atrás y comenzó también a desnudarla. Le quitó el saco y la blusa dejando al descubierto su fina lencería. Mientras besaba su cuello y acariciaba sus pechos, Ámber se quitó la falda para dejar al descubierto sus largas y bien formadas piernas cubiertas por la transparencia de las pantimedias negras.
Cuando el elevador se abrió, el muchacho deslizó sus manos por debajo de sus muslos y la levantó con dificultad ya que la camisa a medio quitar limitaba sus movimientos. Ella se abrazó a su cuello y lo besó profundamente en un arrebato de pasión. La llevó en sus brazos entre besos y caricias hasta la habitación 403, donde apenas hubo abierto la puerta, la dejó caer sobre las sabanas blancas que cubrían el suave lecho.
Se posó sobre el delicado cuerpo de la joven cuidando bien de no aplastarla con su peso. Le regaló un beso apasionado y su mano izquierda se resbaló hasta la suavidad que nacía entre sus piernas. La tocó suave pero firmemente y sintió la humedad que ya estaba surgiendo entre ellas. Se levantó hasta quedar arrodillado sobre la cama. Sus manos se deslizaron desde los tobillos de Ámber hasta su cintura, donde, de un solo movimiento, la despojó de las pantimedias y de la ropa interior. Las piernas de la chica se quedaron unos segundos en el aire, mientras él fijaba su atención en el suave vello que cubría la entrada al paraíso. La joven cerró los ojos y se dejó hacer.
Instintivamente, sus manos rozaron la delicada piel de Ámber y ella soltó un suave gemido producto del placer y la sorpresa de su tacto. Él la miró y llevó sus labios al lugar que sus manos habían comenzado por tocar y su lengua vagó sin pudor por su sexo.
El cuerpo de Ámber serpenteaba y se retorcía de placer. Gritaba. Gemía. Atrapaba el cabello de su amante entre sus manos y tiraba con fuerza. Contraía las piernas y volvía estirarlas. Estaba sintiendo una mezcolanza de emociones que la enloquecían. Había perdido la noción. Su mente sólo se concentraba en las caricias que sentía su cuerpo. Una oleada de choques eléctricos comenzó a surgir en su cuerpo. Comenzó a subirle por las piernas y continúo por todo el cuerpo. En cada parte de su ser se concentró la energía y finalmente explotó en un maravilloso orgasmo que la hizo gritar. Su cuerpo se sacudía por los espasmos y su respiración se interrumpía por sus propios gemidos.
Cuando la chica se hubo recuperado entró en el ligero sopor que despide al orgasmo. Él se levantó y se recostó a su lado. La abrazó y dejó que Ámber descasara la cabeza sobre su pecho.
Eso ha estado delicioso —dijo casi en un suspiro con la respiración más relajada.
Lo sé, tu cuerpo es delicioso.
Ella sonrió complacida y se removió para hundirse un poco más en los brazos que la rodeaban.
Me gustaría saber tu nombre. Hemos llegado hasta aquí y ni siquiera he tenido la oportunidad de preguntarlo.
Ámber —respondió —¿Y puedo saber cuál es el tuyo?
Allan —dijo con una sonrisa.
Se acomodó de nuevo sobre la chica y comenzó a besarla, primero dulcemente y luego con besos un poco más intensos. Despertando de nuevo en ambos cuerpos, el deseo y la pasión.
Disculpa… Disculpa… —Se escuchó una voz en la lejanía y sintió en su hombro una ligera sacudida.
Disculpa…Oye… —volvió a decir la voz y de nuevo su hombro se sacudió ahora con más fuerza.
El sonido de la molesta chicharra que anunciaba que ningún pasajero debía permanecer en el vagón terminó de despertarla. Abrió los ojos pesadamente y su mente aturdida a penas pudo comprender.
¿Fue un sueño? —susurró —Pero era tan real —dijo en un tono más bien desilusionado.
Perdón, pero si no bajamos ahora nos quedaremos aquí quien sabe hasta cuando —Ámber miró el rostro de aquel que le hablaba, nada más ni nada menos que el protagonista de su reciente sueño.
Sin esperar respuesta, la tomó del brazo y la condujo hasta las puertas que ya anunciaban que estaban por cerrarse
Me quedé dormido también, podemos esperar el siguiente tren pero sería más seguro volver en taxi —dijo mientras seguían caminando hacia la salida.
Perdón pero ¿Cómo te llamas? —preguntó la joven a quien la escena comenzaba a parecerle familiar.
¡Ah perdón! Me llamo Allan —sonrió mientras le extendía la mano derecha en modo de saludo.
Ella respondió el saludo por inercia. Sus ojos se abrieron por la sorpresa y su boca se abrió para dar paso a la bocanada de aire que había aspirado. Se recobró inmediatamente y apretó la mono con fuerza.
Ámber —respondió sonriendo.
Sólo espero que no esté lloviendo, el servicio meteorológico anunció una tormenta esta noche —dijo Allan mientras se llevaba la mano derecha a la nuca.
Bueno, si ese es el caso, tal vez conozca un lugar por aquí cerca —una sonrisa pícara se dibujó en sus labios anunciando la idea que comenzaba a maquinarse en su cabeza. Tal vez no había sido sólo un sueño después de todo.
......



Hasta la próxima.

Un beso


1 comentario:

Baltazar Cherrutti dijo...

Muy interesante relato. Esos encuentros inesperados son los mejores. Saludos y adelante.